Las pandemias en la Antigüedad. Los tiempos de Marco Aurelio

“De los dioses: el tener buenos abuelos, buenos progenitores, buena hermana, buenos maestros, buenos amigos íntimos, parientes y amigos, casi todos buenos. El haber recibido, a través de sueños, remedios, sobre  todo para no escupir sangre y evitar los mareos. Todo esto requiere ayuda de los dioses y de la Fortuna” (Meditaciones. Marco Aurelio, siglo II).

A pesar de la pandemia de la Covid,19 que nos envuelve, hemos querido realizar unas nuevas jornadas iberorromanas FESTUM, si bien más menguadas, con las medidas preventivas adecuadas y con el aforo a las actividades programadas limitado y necesitadas de reserva previa.

La programación y la temática que ya teníamos organizadas las dejamos para el año próximo,  y este año nos centramos en las pandemias habidas en la Antigüedad, sobre todo en la conocida como “peste antonina”, una viruela o sarampión muy mortífera que se extendió por la antigua Roma durante los años 165-180, siendo emperador Marco Aurelio, el emperador filósofo de origen hispano que escribiera la obra “Meditaciones”,  coetáneo del famoso médico Galeno y del interpretador de sueños, Elio Aristides.

El propio Marco Aurelio y su familia fueron víctimas de esta pandemia, de la que escribió el historiador  Dion Casio, y que pudo tener una letalidad cercana a ¼ de la población. Conocer cómo se enfrentaron en el Pasado a estas pandemias también nos puede ayudar en nuestro Presente, y en la proyección que queramos hacer para el Futuro.

«Después hubo un brote de una tremeda peste, y excesiva destrucción de una odiosa enfermedad invadió cada casa en sucesión del temeroso pueblo, siguiendo adelante día tras día con un ataque repentino a personas innumerables, cada uno de su propia casa. Todos temblaban, huían, rehuyendo el contagio, exponiendo impíamente a sus propios amigos, como si con la exclusión de la persona que se iba a morir de todas formas de la peste, pudiera librarse uno mismo de la muerte. Allí yacieron por toda la ciudad lo que ya no eran cuerpos sino los cadáveres de muchos, y, por la contemplación de un destino que podrían a su vez ser el propio, exigía la piedad de quienes pasaban, piedad por ellos mismos. Nadie consideraba nada más que sus crueles ganancias. Nadie temblaba por el recuerdo de un acontecimiento similar. Nadie hizo nada que no fuera lo que uno mismo deseara experimentar» (Vita Cypriani.  Poncio de Cartago, siglo III)

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