Las Sileras es la aldea de Almedinilla que se conforma como núcleo de población concentrado a partir de calles, callejones y plazuelas (las otras aldeas tienen más de diseminado), una alquería blanca que mantiene relativamente bien la arquitectura popular a los pies de la Sierra de Vizcántar, por su lado Oeste y a un tiro de piedra de la vecina Jaén.
 
El callejero se asienta sobre tierras albarizas o “tosca” cuya formación como sedimento marino (microplancton del Mar de Tetis) parece ser un recuerdo soñado de la Virgen marinera del Carmen que veneran los vecinos en una iglesia que fue construida por ellos mismos y en zona comunal o ejido allá por 1789: Juan Díez y Juan León fueron los artífices después de pedir permiso al abad de Alcalá la Real y al Consejo Justicias y Regimiento de Priego, quien nombró al regidor de Obras Públicas Antonio de Gámiz Aguilera y al maestro albañil José Álvarez (así nos lo cuenta Rafael Fernández López) . Otros sueños que saben a pan deben tener los olivos infinitos, que terminaron por ocupar el lecho de cereales y siembras que cubrían hasta no hace mucho buena parte de las tierras silereñas.
 
La “tosca”, como roca blanda que es, crea agujeros o silos naturales que se dirían puertas al Hades y a sus leyendas, aunque también horadando con alcotana y espuerta se realizaron minas para extraer el agua subterránea, como la mina del campo de fútbol y la de la iglesia.
 
En Las Sileras todo es liminal, fronterizo, dual, entre el bien y el mal, un lugar dionisiaco que parece no conocer coordenadas temporales y al que hay que llegar (no se pasa). Tiene algo de escenario de película del Oeste con las mixturas moriscas que le dan esos huertos regados por las aguas que se vertían desde los lavaderos (y su aljibe), hoy en pie y engalanado pero ya sin agua, huertos cercados con muros de “piedra seca” (que van siendo sustituidos por el ladrillo y el cemento) por donde les gusta crecer a las adormideras y a los beleños, esas plantas dadas a brujerías y magias entre lo real y el asombro.
 
Mis primeros recuerdos de Las Sileras me dejan en su coqueta plaza una noche de septiembre, bajo un enorme plástico que la cubría y que sosteníamos con los brazos alzados una turba de impenitentes al ritmo del laúd de Francisco González “Almendrero”. Eran sus fiestas mayores en honor a la Virgen del Carmen, pero llovía a cántaros e, irreductibles, viejos y niños, adolescentes y adultos, bailamos bajo el plástico como ménades hasta el amanecer. El laúd como un aulós y el estandarte como tirso de un cortejo báquico sin igual. En las Sileras es frecuente ver entre el vecindario una suerte de sátiros hechos cabras, yeguas, ocas, gallos y gallinas…que su patrón San Antón acoge y protege.
 
Después vinieron las historias de “piratas”, ”tratantes”, “cábilas”, “indios comanches” con las que se referían a los silereños los de “L ´arminilla”. Siempre rivalizaron entre sí y siempre los silereños se consideraron como un pueblo aparte.
 
Y sus razones tenían y tienen porque debe ser núcleo de población más antiguo que el de Almedinilla (posiblemente ya presente en el siglo XV) con iglesia propia y un sereno y bello cementerio. Llegó a tener cuartel, colegio, dos almazaras, tahona y tres bares (hoy queda el bar de Manolo, un campo de fútbol y pistas deportivas, un Centro Social y el colegio que resiste a duras penas) además de ser centro de encuentro para una población que antaño se derramaba en cortijos y cortijadas por Vizcántar, Las Chozas y el Salaíllo.
 
Y entre las historias de western, ese Goje (Jorge para el foráneo) que con el trinchete en una mano y el embutido en la otra irrumpió en la iglesia empujando las puertas como si fueran las abatibles de un Saloom de Nuevo México, y como cuatrero gritó a Maturre:: “Me cago en Dios, si no quieres ir a misa haz como yo y no vayas, pero no montes estos espectáculos”.
 
Para esa película de vaqueros e indios no le falta a Las Sileras su mina de oro. En lo alto de la sierra hicieron sus prospecciones en los años 60 del siglo XX buscando pirita aurífera….pero no era lo suficientemente rentable. Poco rentable les debió parecer también a los silereños romanos (recientemente encontrados en el lugar de “Los Pósteles”) que debieron explotar sin embargo el hierro de esta mina (de hecho la galería que se conserva pudiera ser de esa época). Un corte certero en la sierra junto al pozo de unos 4 mts. de profundidad y el escorial (lleno de mineral de hierro con óxidos y alguna pirita aurífera) es lo que te encuentras al subir. Eso y unas vistas de asombro que por el Este alcanza las Sierras Sur de Jaén y la granaína de Parapanda en Montefrío, mientras por el Oeste son las Sierras Subbéticas de Córdoba, con La Tiñosa como pico más alto, las que decoran y perfilan el horizonte.
 
Subimos muy bien a la Sierra desde el carril asfaltado que parte de la zona alta del pueblo, junto a la plaza y a la izquierda, dejando los restos “trepaos” de la antigua almazara y pasando por los Pósteles (donde esperemos que pronto se puedan descubrir los restos de esa casa romana anclada al cerro de yeso y junto al barranco Tenazas) entre olivares tradicionales de excelente caldo, algunos bicentenarios, y almendros. Poco a poco las perspectivas se van ampliando y subiendo siempre y a la derecha (el camino no tiene trocha) comenzamos a llegar a lo más alto del macizo calizo y a llanear.
En este ascenso al cielo nos saluda un campo de gamones en flor, esos asfódelos o Varillas de San José que se “esfarrían” por doquier y parecen cubrirlo todo. Para los griegos y romanos antiguos el asphodelus albus (así se llama el gamón en latín) era símbolo de Perséfone, la diosa del Hades o los infiernos, una zona intermedia parecida al limbo. Pero ni los silereños están en el limbo ni el infierno o Hades fue algo negativo para los antiguos, era en definitiva el lugar donde terminaban las almas, un mundo subterráneo que aquí tenemos cerca de las nubes, con Las Sileras como portal.
 
Atravesamos la cúspide de punta a punta y vamos viendo a izquierda y derecha las cicatrices dejadas por cientos de metros de trincheras. Durante la Guerra Civil Las Sileras también estuvo en el límite y aquí se asentaron tropas republicanas durante toda la contienda.  Dejando la mina a la derecha y pasando la torre de comunicación  llegamos al punto geodésico y ya, casi en la otra punta, los restos mejor conservados de esas trincheras republicanas que soñaron con la marsellesa (enfrente, hacia el Sur, la posición franquista del Cerro de la Cruz y Los Castillejos nos señalan ese Frente tan cercano). Hoy entre esas trincheras crecen los gamones junto a varias especies de orquídeas, retamas, tomillos y madreselvas, como recuerdo de ese sueño tricolor.
 
Desde aquí seguimos por la cúspide bajando hacia la torre eléctrica, ya sin vereda pero sin pérdida, y desde aquí debemos bajar por la derecha hasta alcanzar el carril que nos devolverá a la aldea , sin vereda, hasta que pronto, esperemos, se pueda acondicionar este tramo más complicado y difuso como ruta senderista.
 
Y así vamos, por la frontera, por esa sutil línea que separa lo Natural de lo Civilizado. Si tenemos suerte, por el camino podremos ver sobrevolar alguna rapaz y tal vez alguna cabra montesa, además de muchas huellas de jabalíes y zorros, mientras llegamos a la aldea de las distintas civilizaciones, pasando por debajo de la moderna vivienda de Fernando “el de la sierra” y alcanzando esa otra morisca de recuerdos romanos que hoy, globalizada, acoge a gentes de los cuatro puntos cardinales.

Nacho Muñiz
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