Seguimos por las quebradas de la desolación.

Quizás el territorio de Almedinilla más afectado por la emigración de los años 50 y 60 del pasado siglo sea la aldea y territorio de Vizcántar, el que se derrama hacia el Este desde lo alto de la Sierra de Sileras (o Vizcántar) hasta el arroyo Salaillo.
El nombre tal vez sea un eco, un recuerdo evolucionado del término Waska (y este del anterior romano Osca, a su vez de Escadia) con el que pudo nombrarse el Cerro de la Cruz en época andalusí-emiral, cuando los rebeldes andaban entre los riscos frente al poder central del emirato cordobés. Después (siguiendo a Rafael Carmona), como ocurrió en otros lugares, Abderramán III obliga a la población a bajar al llano y dejar de estar encastillados entre calizas, y de ahí que surgiera el yacimiento de Las Escarihuelas (junto a la sierra de Vizcántar) terminando por dar el nombre de Waska no a un enclave concreto sino a todo un territorio.
En estas tierras, sin contar las lindantes aldeas o diseminados de Cuesta Blanca, Los Cerrillos y Las Chozas, habitaron a principios del siglo XX en torno a 500 personas, 100 en la pequeña aldea y el resto en cortijos hoy abandonados y en pura ruina como los de La Luisa, El Cuqui, Cohete, Alcaparrón, De Dios, Gorriona…y así hasta la treintena, incluyendo el diseminado de Las Parejitas. Apenas el cortijo de El Coto, o el de Aparicio, dan aún pinceladas de blanco al paisaje…todos se fueron y la mayoría a Cataluña, a la localidad de La Garriga y Vic, dejando a la escuela junto al arroyo muda y sorda de coplillas infantiles.
Hoy tenemos una marca de AOVE de gran calidad que se presenta como “Señorío de Vizcántar”, pero aquí nunca hubo señorío alguno, tierras albarizas y arcillosas, blancares con calizas que fueron en su mayoría tierras comunales hasta mediados del siglo XIX. Con las desamortizaciones se extendieron estos cortijillos y se creó la aldea alrededor de los lotes de tierra que les hubieran caído en suerte a cada familia, algo de ganado (cerdos, ovicápridos, gallinas) cereal, algún olivo y vides…pero a principios del siglo XX la plaga de la filoxera se llevó por delante el fruto del caldo de Baco y el olivar empezó entonces a prevalecer.
Fuentes y barrancos, hoy secos por la sobreexplotación de acuíferos, no suenan y refrescan, dejando tan sólo al arroyo Salaillo con agua suficiente para corretear (sólo cuando llueve lo suficiente) junto a algún resto cerámico de ese poblamiento también disperso de época romana… Y los cuerpos abandonados de las casas de la aldea, cuya calle redonda que abrazaba al caserío es hoy pura arteria colapsada.
Hace 25 años esta aldea, ya abandonada, sobrecogía por estar en pie a pesar de los silencios, las puertas cerradas, el escaso mobiliario resguardando alguna carta, escasas fotografías colgadas aún de las humiles paredes, algún amocafre todavía en su sitio, el pajar con paja. Pero nadie volvió a por ello, nadie recogió los recuerdos…y esa memoria es hoy puro esqueleto, crujir de vigas, escombro, arqueología.
Turismo traumático y romántico si se quiere el que hoy hace uno al pasear por estos caminos y veredas, quebradas de desolación y silencios que es refugio de animales que huyen de los estrépitos.
Mientras esto escribo me sobrevuela un águila real y alguna cabra montesa me observa de reojo.

Nacho Muñiz

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