Francisco Julián Madrid Caballero señaló en su crónica del siglo XIX que en la Cuesta Blanca de Almedinilla existían restos de una torre atalaya medieval, cuando estas tierras fueron fronterizas, liminales entres cristianos y nazaríes.
Nada queda visible de ello, salvo la sospecha de dos majanos en el cerro que preside estas tierras albarizas, blancares que miran a Almedinilla camino de Alcalá La Real.

Cerro Acalá es el nombre del cerro, bien porque mira hacia allá, bien por el dueño posible de antaño, o tal vez porque conserve el eco de su nombrar en árabe: kalat, fortaleza.

A los pies de este cerro las tierras blancas replican sonidos marinos, ese microplacton que se creó en el fondo de Tetis hace 50 millones de años y se levantó plioceno dejando frístulas de siliceo, tierras pobres pero que conservan la humedad y son muy aptas para el viñedo.
Hoy olivos y una reciente plantación de almendros, que dará variedad y blanco, cubren en orden de hiladas, como sábana a los pies de la pequeña ermita que vigila el caserío, la aldea de Cuesta Blanca, donde hasta no hace mucho correteaban los niños alrededor del colegio, en cuesta, siempre en blanco.

El colegio se adaptó a vivienda secundaria, y algunos vecinos mantienen a duras penas sus casas, al menos para que no colapsen. Lo demás ruina y arqueología ya.

Otra aldea que quedó abandonada, y una fuente también seca que sirvió de encuentro al menos a 60 vecinos, como tal vez antaño a algunas romanas que dejaron modesta huella cerámica.
Deja una Respuesta