“La historia de un arroyo, hasta la del más pequeño que nace y se pierde entre el musgo, es la historia del infinito” (Eliseo Reclus, El Arroyo)

Dice la tradición antigua, recogida también en la Biblia, que del Primer Jardín del Mundo brotaba el río del Paraíso, dividido en cuatro y derramado por los cuatro puntos cardinales. Algo del revés tiene el río Caicena, al que se le unen los cuatro arroyos principales de Almedinilla: Salaillo, Granada, Cabrera y Tejuela, hoy en día muy menguados de caudal (secos si no llueve lo suficiente) ahogados en pozos y mudos en un mundo de cardinales sordos.

Pero el anhelo del Edén despierta en ciertas primaveras como las de hogaño, cuando todo a tu alrededor te habla de ese infinito que los arroyos proclaman. En este caso el arroyo La Tejuela (que separa los términos de Priego de Córdoba y Almedinilla por el lado Oeste)  nos susurra esas innumerables horas, apenas desde su caminar sereno y casi secreto.

Nos disponemos a recorrer el arroyo La Tejuela en un recorrido circular (sin señalizar) que partiendo de Almedinilla llegará a la Fuente de La Rubia y, desde aquí, paralelos siempre al arroyo, hasta su junta con el río Caicena en la aldea de La Carrasca, remontando el río después por el carril hasta la aldea de Los Ríos y desde aquí (por el carril peatonal) hasta Almedinilla, en un largo paseo de 3-4 horas (dependiendo lo que uno quiera detenerse a contemplar).

Salimos de Almedinilla a la altura del campo de fútbol, cruzando la carretera cogemos el carril que queda más a la izquierda, el de La Rubia, entre olivares y con la Sierra de los Judíos al fondo (aún las mujeres de la aldea de La Concepción, o de los Judíos, cantan coplas y romances de origen  sefardí cuando van a recoger plantas medicinales en los prolegómenos de San Juan). Por este carril nos desviamos a la derecha en el primer cruce, dejando un almendro centenario enfrente,  pasando junto a las ruinas del cortijo de La Rubia y llegando a la fuente y alberca del mismo nombre. El abandono de este lugar aún no llega a lo decrépito, manteniendo el aire melancólico y romántico de un oasis perdido.

Desde aquí hay que bajar hasta el arroyo, entre maleza tupida y abriéndose camino a palos, guiados por la cicatriz y el sonar del barranco. El arroyo lleva agua y la alegría se despierta, agua llega desde las Casillas de La Tejuela (ya en Priego) que recoge otras de distintos barrancos  que bajan de la Sierra de Albayate:  el arroyo de Los Conejos, la Fuente del Barranco y la del Chorrillo, debajo del cortijo de San Antonio y del Caserío Linares. En la margen izquierda de estos barrancos se extiende la zona llamada Los Tejares que junto a Tejuela nos anuncian esos topónimos antiguos asociados a restos de “construcciones pasadas”, varias son las villas romanas que tenemos documentadas por estos lares.

Al cruzar el cauce del Tejuela observamos a la izquierda, en una loma, los restos de la choza que resguardó a El Moco, un ermitaño contemporáneo que dejó sus huellas por estos paisajes sonoros de vida , dominados ahora  por el caballero andante y señor de barrancos: Pepe Gutiérrez.

Junto al cortijo de  la Cuesta (a la derecha y en todo lo alto)  la encina centenaria se asoma entre los olivos como ese Árbol del Bien y del Mal, el Árbol de la Ciencia y la Sabiduría, que nos saluda y acompaña en este jardín de asombros. Seguimos por caminos y veredas que en algunos puntos se pierden (pero sin pérdida si seguimos paralelos al arroyo) entre arcillas y conglomerados, monte bajo, encinas orgullosas, vegetación de rivera y olivos centenarios. De hecho es posible que aquí se encuentren los más antiguos de “dos pies”  de la comarca, algunos felizmente sin laboreo y con una capa vegetal que hace crecer  flores y espárragos en las soleras.

Vamos como niños, descubriendo y redescubriendo con asombro, y pasamos por una pequeña casa con tejado “a cuatro aguas” que se resiste a ser majano y, sobre el lecho del arroyo, una pequeña alberca que debió resguardar las aguas del estiaje. Paramos a beber. Llegamos así hasta el puente de la carretera Almedinilla-Fuente Tójar, cerca de la aldea de El Poleo (ya en Priego) que blanca y coqueta domina este valle, aunque desde dentro no se aprecie el caserío y sólo esté presente detrás nuestro la Sierra de Albayate  y enfrente la Sierra Hillo de Alcaudete (ya en Jaén). Al poco las ruinas del cortijo de Los Roldanes,  y cauce abajo más barrancos que deberemos sortear como buenamente podamos.

El último gran barranco que se abre a nuestra izquierda, justo antes de coger el camino que nos lleva hasta la Carrasca, nos va a hacer no obstante un regalo. Adivinada una oquedad, como boca entreabierta que quisiera decirnos algo,   remontamos el barranco unos metros hasta alcanzar la entrada de una galería natural sin igual (digna de estar en guías y folletos) . 60 mts. horadados por un arroyo ahora seco que taladró el monte de yeso (por debajo del cortijo de El Cerrillo) dejando cristales de yeso en las paredes y ese eco del gran geógrafo Eliseo Reclus:  “A los pocos pasos se siente el curioso transportado a otro mundo. Un frío húmedo sorprende repentinamente; el aire estancado, donde los bienhechores rayos del sol no penetran jamás, tiene yo no sé qué de agrio”. Impresionante galería natural que requiere un monográfico.

Llegamos de esta guisa al lugar donde el arroyo La Tejuela se une al río Caicena, en la aldea de La Carrasca. Por el carril que corre paralelo al río remontamos hacia la aldea de Los Ríos dejando las ruinas de la otrora aldea feliz que ha dejado, parece ser,  algún “espanto”  entre el cascajo. Paisajes de huerta y bosque de rivera, con la Sierra de Vizcántar o Sileras al fondo,  estos territorios requieren otro monográfico que se centre en esta engalanada aldea de Los Ríos, vestida y “emperifollá” de una  arquitectura tradicional bien conservada y de un  gran encanto a la vera de San Isidro y su romería.

Ya sólo queda seguir andando por el carril peatonal, paralelo a la carretera rural, hasta Almedinilla, bajo la Sierra de Vizcántar y con la de Albayate enfrente, en un recorrido circular que nos ha devuelto a ese jardín redondo, esférico, rotundo, a las vueltas sin principio ni fin, primaveras que renuevan a esos dioses muy antiguos, hechos ríos y caudal.

Nacho Muñiz

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