Últimamente asistimos a debates (la mayor parte de las veces confusos y faltos de información básica) sobre la llamada “Ley Trans” y sobre conceptos en torno al “sexo”, al “género” , a los “genitales” o a la “orientación sexual” que tienden a formar un totum revolutum, un mejunje, una rebujina poco clara. En estos debates se suele hablar de las mismas cuestiones utilizando términos diferentes, o se utilizan los mismos términos para hablar de cuestiones diferentes. Se hace necesario pues que antes de debatir sobre estos menesteres se aclaren términos y qué significan para cada cual, y saber también que estos debates (de una manera u otra) han existido siempre en la historia de la humanidad.
 
Siguiendo al feminismo histórico (que no oficial), el “sexo” de una persona puede ser de “hombre” o “mujer” (con genitales y órganos, cromosomas y hormonas diferentes) y el “genero”: “masculino” o “femenino”, en función de los “roles sociales” que se imponen a cada cual por su “sexo” (la forma de vestirse, comportarse, socializarse…). Por eso desde el feminismo se dice que el “género” es una invención social que ha de superarse, no negándolo (¡cuidado!) sino luchando por la “igualdad de género”.
 
Desde estos posicionamientos también se ha considerado el tercer “sexo” o mixto, que sería el “hermafroditismo”, poco corriente entre humanos y que consiste en que la persona nace tanto con tejido ovárico como testicular (puede tener cromosomas XX, cromosomas XY, o ambos, y los genitales externos pueden ser ambiguos o pueden tener apariencia masculina o femenina). Las personas “intersexuales” serían personas que presentan una discrepancia entre el “sexo” y sus “genitales» donde las características internas del «sexo»: órganos, hormonas y cromosomas, y externas: genitales, difieren de las características médicas o sociales culturalmente establecidas para cuerpos femeninos o masculinos. Y si bien los “genitales” en estos casos se tendían a operar para definir un “sexo” concreto, hoy se considera que no hace falta operarse los genitales para tener ese sexo vivido y establecido con tan sólo vivirlo en plenitud, haciendo más hincapié por tanto en las cuestiones psicológicas que en las biológicas.
 
Bien, pues cuando las personas intersexuales deciden transitar a un “sexo” determinado (con o sin operación de genitales) son cuando se denominan “transexuales” (que no ha de confundirse con “travestis”, que son las personas que se visten o adoptan sin más “roles de género” diferentes a su apariencia habitual, pero siguen con su “sexo” y sus “genitales”).
 
A todo lo dicho: “sexo”, “genitales”, “género”, se le añade la “orientación sexual” que tiene todas las combinaciones posibles y que funciona con independencia de lo anterior: se refiere a los gustos sexuales de cada cual, básicamente: heterosexuales (atraídos por el “sexo” y/o “genitales” contrarios), homosexuales (atraídos por el mismo “sexo” y/o “genitales”), o bisexuales (atraídos por ambos).
 
Por último, la identidad de una persona no tiene por qué ver con nada de lo anterior (o sí) porque en realidad es cómo cada cual se siente…y punto.
 
Ya en las últimas décadas se suma a estos conceptos un conjunto de teorías y prácticas que se han englobado en el término “trans” (que abarca a los “transexuales” pero llega a otras propuestas como las llamadas teorías “Queer”). Lo más significativo de estas teorías es que introducen una definición nueva de “género” : ya no tiene que ver con los “roles sociales” impuestos en virtud del “sexo” sino que se entiende el género de manera “identitaria” y de esta manera la “identidad de género” se equipara con la “identidad de sexo, o sexual” (se denominan de hecho “Transgénero”) . Desde esta concepción del género y desde esa “identidad” , además se cuestiona y se niega el propio “género” (sinónimo aquí de “sexo”) y la división entre “identidades sexuales” (“identidades de género” diría el movimiento Trans) con posicionamientos que plantean prescindir de este calificativo o “fluir” entre uno y otro (sexo) deconstruyendo el termino «género» tradicional y afirmando no sólo que los “roles de género” son una construcción social sino que lo son también el propio “sexo” («género» según estas teorías) y la “orientación sexual”, ya que (siempre según estas teorías) no hay una explicación biológica para nada de ello.
 
Estas cuestiones, interesantes desde el punto de vista teórico (por su cuestionamiento radical del “patriarcado”), del debate socio-cultural que introduce y del “discurso” que provoca, puede generar muchas inseguridades jurídicas y discrecionalidades si se llevan a la legislación…y ha hecho levantarse a ciertos sectores feministas por el ocultamiento que puede suponer (consciente o inconscientemente) del “sexo” de mujer, sus “roles sociales” asociados e impuestos y cuestionar así la lucha por la “igualdad de género” e incluso la “violencia de género” vinculada al poder de un sexo concreto (hombre) sobre el otro (mujer). Por otro lado, considerar que el «sexo» es una cuestión cultural es negar la ciencia (de esa guisa se podría decir que la diferencia entre anfibios y mamíferos también es una cuestión cultural).
 
De ahí las divisiones y distintos pareceres que hemos visto entre el movimiento feminista en relación a la “Ley Trans”: en ningún caso se cuestionan los derechos necesarios para las personas transexuales o intersexuales (que son derechos de toda la sociedad) sino el cambio que la Ley introduce en el significado del término “género” (aspecto que se viene haciendo no obstante desde hace años en legislaciones internacionales y autonómicas) ; que el “sexo” se pueda autodeterminar con tan sólo “un deseo”, un “sentir” y no a partir de un conjunto de factores perceptibles (biológicos pero también por el hecho del vivir plenamente ese “sexo” más allá de un simple deseo que puede ser cambiante); que no sea necesario un conjunto de opiniones (de especialistas médicos y familiares) para determinar ese “sexo”; y qué ha de hacerse con ello, sobre todo, en el caso de menores de edad que quieran cambiar de “sexo” (y con independencia de la operación genital y/o la hormonación).
 
El mito de Hermafrodita nos habla de esta complejidad , pero se simplifica y sintetiza en el propio discurso del mito: La ninfa Salmacis cae enamorada del bello efebo Hermafrodito (hijo de Hermes y Afrodita) que no le prestaba atención. Atraído por la ninfa a la orilla del lago, ésta le abraza y le lleva al fondo de las aguas. Es ahí donde Salmacis implora a los dioses que les unan y, una vez el deseo se convierte en esencia perenne, ambos emergen renacidos como un@ sol@: Hermafrodita. Como es sabido la estatua de bronce encontrada en la villa romana de El Ruedo (posiblemente decoraba el centro de la fuente que preside el patio central de la zona residencial) está danzando mientras se mira en un espejo: su parte femenina reflejada excita a su otra parte masculina.
 
Hermafrodita procura una suerte de síntesis entre la dualidad y lo binario, síntesis que sería de agradecer se alcanzara también en este debate sobre la Ley Trans, más lleno de confusión, malos entendidos, prejuicios y desconocimientos por ambas partes que de otra cosa.
 
I. Muñiz
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